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Una escuela como casa

Actualizado: abr 3

HISTORIA JUNTO A MINKAI

En Minkai somos 40 jóvenes que creemos imprescindible mejorar la calidad educativa en las zonas rurales de nuestro país. La Asociación Civil se cofundó en el 2008 en Buenos Aires y desde entonces trabajamos ininterrumpidamente en Tucumán para que jóvenes de zonas rurales desarrollen su máximo potencial generando un impacto positivo a través del aprendizaje en servicio y el sentido de comunidad.

Dos veces al año emprendemos un viaje hacia las ciudades de Palomino y Ampata, con el fin de seguir trabajando para aumentar nuestro impacto. En el viaje se une tanto los voluntarios diarios de Minkai con personas que buscan tener una experiencia distinta. Para lograr de manera completa nuestro objetivo buscamos en primer lugar dar a conocer la organización y estructurar el viaje a través de dos reuniones informativas.


Acá dejo lo que fue una semana en Julio del 2017 dentro de la comunidad de Palomino.

Después de los encuentros, comenzó nuestro rumbo hacia Tucumán junto con un grupo de treinta voluntarios. Nos reunimos todos en las oficinas de Minkai para emprender un viaje distinto, una nueva experiencia. Se podía ver en las caras de los chicos todo tipo de expresiones: cansancio, esperanza, alegría, sonrisas entusiasmo y la siempre clásica “dónde me metí”. De a poco comenzamos a ordenar todo el equipaje y la comida dentro del colectivo para emprender un trayecto de quince horas al norte argentino. El viaje fue sencillo, como todo traslado en micro, y como tuvimos la suerte de pasar la noche viajando, hicimos una sola parada para la cena.




El lunes se hizo presente y, con él, las caras de dormidos con las que dejábamos atrás las ciudades y los pueblos para adentrarnos en lo más remoto de la provincia. El lugar, un pueblo llamado Palomino que quedaba a aproximadamente a dos horas de San Miguel de Tucumán. Nos pasaron a buscar muy amablemente las profesoras de la escuela que se convertiría en nuestro hogar durante la siguiente semana. Logramos cargar las cosas de los dieciocho y despedir al resto del grupo, que haría lo propio en otro pueblo cercano llamado Ampata.


Llegamos luego de recorrer algunos kilómetros por calles de polvo. Había pasado más de un día entero desde nuestro arribo. Como de costumbre, todos los chicos estaban esperándonos. Desde el principio logramos conectar con los niños de la escuela, gracias al ritmo de la música que permitió que se formara una ronda para tener un primer momento de fraternidad.


Fue un regalo poder vivir una semana en la Escuela Nro. 129 de Palomino. Cada encuentro, cada instante, cada persona conocida fue, sin duda, un obsequio. Podría pasar horas hablando de la “bandita de rufianes”, que andaba siempre en la escuela sin querer volver a su casa, o de los profesores y la directora, que dedican su vida a que los niños asistan a clases. Tampoco podría dejar de hablar si cuento quién es don Primo, el “casero de la escuela” —sí, con comillas, porque no deja puesto por cubrir—, o de las empandas y la despedida que nos regaló la Coca. Imagínense si, sumado a todo esto, me refiero a los pequeños que asisten a esas aulas. ¿Qué pasaría si me detuviera a contar cada sonrisa que nos arrancaron todos estos locos y las que generamos nosotros, los “porteños”, como nos llamaban los chicos al pasar? Sin duda, mi relato no terminaría más.



Por todo esto, no sé si podría, en estas escuetas líneas, describir todo lo que fue esa semana. El objetivo era simple: estar allí con ellos, con todo lo que eso implica: conectar con las personas de un pueblo a más de mil kilómetros de nuestras casas; conversar, escuchar, sonreír, buscar ser niños. Fue preciso rememorar la niñez que vivimos para volver a construir castillos imaginarios, jugar al fútbol por diversión, correr por todos lados y, por qué no, pintar una princesa. No hay mucha más ciencia en esa semana. Con Minkai buscamos que el voluntario conozca otra realidad y se involucre. ¿Y qué mejor manera que estar allí, viviendo en una escuela? Debemos conocer para poder hablar. Debemos involucrarnos para ayudar.




Sin duda, fue una semana distinta. No vivimos en un hotel cinco estrellas, pero tuvimos techo y cama. No comimos en los mejores restaurantes del mundo, pero la mesa siempre estaba llena y con gente de todas partes. No visitamos monumentos históricos, pero conocimos una parte de nuestro país que, sin duda, es enorme. No jugamos un mundial de fútbol, pero corrimos detrás de una pelota en el potrero más lindo de todos: el del barrio. No viajamos en familia, pero logramos formar una. No conocimos el lugar más exótico de nuestro planeta, pero cada instante representó una aventura. No necesitamos grandes montañas rusas para reír y gritar, ni un campo solitario para estar en paz.


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